El desafío en el crecimiento de las poblaciones lo tienen las grandes ciudades.

Es por ello que hay que repensar de forma inteligente la movilidad, la sustentabilidad, el aprendizaje, la seguridad y la convivencia a través de comunidades inclusivas y colaborativas.

Desde hace mucho tiempo venimos escuchando hablar sobre Smart Cities o “ciudades inteligentes”.

Se trata de un concepto de ciudades con espacios sostenibles, innovadores y eficientes, en los que el ciudadano es el eje del cambio y principal actor.

Basadas en las ciudades digitales, cuentan con un uso intenso de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) en la prestación de servicios públicos de alta calidad.

La llegada del Covid 19 vino a poner de manifiesto la necesidad de un cambio de paradigma, la urgencia de poner en marcha esta idea de urbanismo moderno.

Y comenzaron a resonar conceptos como “ciudades de 15 minutos”, “supermanzanas” “economía circular” y otros para dar respuesta a la propagación del virus, proteger a los ciudadanos y reforzar las economías locales.

Desde hace un tiempo, varias ciudades de Europa, como París, Barcelona, Milán están ofreciendo urbanizaciones alejadas del centro de la ciudad con espacio público donde los niños puedan jugar, se realicen eventos culturales, se lleve a cabo intercambio económico de cercanía, se disfrute de los espacios verdes y donde la movilidad sea a pie o en bicicleta, sin contaminación ambiental ni sonora.

Este urbanismo ecológico cede al ciudadano el lugar que ocupaban los vehículos; amos y señores de nuestras ciudades.

Estas propuestas reducen al mínimo el tránsito de vehículos, que circulan por las vías perimetrales, como también decrece el estacionamiento en superficie, mientras que las calles interiores se reservan al peatón y, en condiciones especiales, a cierto tipo de tráfico como vehículos de residentes, servicios, emergencias, carga y descarga.

Sabemos que caminar o andar en bicicleta, evitará la propagación de contagios de COVID 19, nos entrenará físicamente y disminuirá la polución.

Si tenemos todo lo necesario a menos de 15 minutos andando, podremos ir al banco, al mercado, a la florería o al colegio, de una manera mucho más saludable, sin necesidad de utilizar el auto para trasladarnos.

Los comercios de cercanía crecerán y brindarán servicios puerta a puerta para los vecinos del barrio.

Los espacios verdes en terrazas, calles o donde haya un lugar sin uso determinado nos regalarán aire puro y un espacio donde socializar con nuestros vecinos.

Pero… nada es tan fácil. Como todos los cambios, estas propuestas generan resistencias, pero los beneficios a largo plazo superarán la oposición de algunos sectores.

Más allá del escaso presupuesto que significa su implementación, la posibilidad de vivir en un ambiente más saludable e inclusivo para todos nos tendría que impulsar a intentarlo.

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